LA NEGACIÓN SOCIAL
DE LAS ADICCIONES

        Las sustancias o drogas, como son conocidas, en su forma biológica han existido desde siempre e incluso muchas de ellas probablemente antes de la llegada evolutiva del hombre a la Tierra. 

        Históricamente, los humanos las hemos utilizado por distintas razones: medicinales, religiosas y ritualisticas. Ha sido una práctica común en distintas civilizaciones y sociedades, por lo que —y debido a los efectos adictivos propios de cada sustancia— las adicciones a ellas distan mucho de ser un fenómeno moderno. 

        Hoy día sabemos que no solo existen las adicciones a sustancias, porque existen las adicciones comportamentales (juego, sexo, pornografía, etc.) y las adicciones relacionales (relaciones tóxicas, dependientes, codependientes). Y además sabemos que todas, en esencia, se rigen por los mismos principios, independientemente de la biografía, contexto social y entorno de cada individuo, familia o grupo social. Por lo que podemos referirnos a ellas en forma general. 

        Ahora bien, es prácticamente imposible hablar del fenómeno de las adicciones sin hablar de otro fenómeno que siempre lo ha acompañado: el de la negación. Por lo que el problema no radica únicamente en la existencia de las adicciones, sino en la forma en que históricamente han sido comprendidas y negadas. 

        Si tomamos como ejemplo, al abordar a alguien que sufra una adicción con la pregunta ¿tienes un problema?, lo más seguro es que responda: no, no tengo ningún problema; este consumo o conducta es mi decisión y yo la controlo, puedo dejarla cuando yo quiera. Esta es la forma más común y básica presente en la adicción y su negación: la individual. 

        Pero el fenómeno de la adicción y su negación trascienden el ámbito individual; también se manifiestan en los ámbitos familiar, institucional y social. 

Las adicciones como fenómeno social han sido negadas de distintas formas por la sociedad en general y específicamente por sus instituciones. La forma de negar el fenómeno que ha prevalecido en estas instituciones ha sido la de parcelar y adjudicarse unas a otras el problema, sus consecuencias y su posible solución, copiando en buena forma la actitud que adoptan individuos y familias. Alegando en un primer lugar que se trataba de un tema religioso, después de un tema político, pasando por lo jurídico represivo y finalmente adoptado por el sector médico-asistencial. 

        En resumen, las adicciones han sido una especie de “papa caliente” o tema tabú del que nadie por mucho tiempo quería responsabilizarse, pero producto de la incesante evolución de nuestra cultura consumista y abiertamente dependiente, que fomenta un estilo de vida en el que este fenómeno encuentra cancha abierta para desarrollarse, ineludiblemente el sector de la la llamada Salud mental ha tenido que asumir el problema y su solución. 

        En el campo de la sociología de la salud, la negación del fenómeno no se manifiesta cuestionando su existencia, sino invalidando sistemáticamente toda posibilidad de recuperación bajo el pretexto de “falta de evidencia”, lo que representa un choque entre el modelo clínico y la complejidad de la experiencia humana. 

        El verdadero impedimento para el abordaje del fenómeno no es la ignorancia de este, sino la creencia dogmática de que ya se sabe todo lo necesario del cerebro y muy en especial de la mentalidad de quien sufre una adicción. Esta postura transgrede un sentido básico de lógica: la ausencia de explicación sobre una solución en ningún momento constituye una prueba de su inexistencia.

Psic. José Scovino

        Esta confrontación entre una ciencia reduccionista o dogmática y una ciencia metodológica que permanece abierta a la revisión constante de sus paradigmas no es única en el campo de las adicciones. Un buen ejemplo de esto es el hecho de que hasta hace pocos años el reduccionismo científico o clínico propio de la medicina y la psicología invalidaba sistemáticamente a las prácticas meditativas como vías terapéuticas. Hoy día, y gracias a los avances recientes de las neurociencias, todo este sector reconoce estas prácticas milenarias no solo como terapéuticamente válidas sino en muchos casos necesarias. 

        Esta institucionalidad que se resiste a integrar descubrimientos nuevos y anteriores sobre la superación de las adicciones, en sí revela una profunda resistencia al cambio de paradigmas, al rechazar señales que desafían teorías establecidas, solo porque sus alternativas explicativas no son consideradas lo suficientemente “robustas” por un sistema que insiste en regirse dentro de sus propios límites tecnológicos. 

        Al no poder medir con un análisis de sangre si alguien ha sanado su voluntad o su vacío existencial, la ciencia se aferra a lo que sí puede medir: solo lo observable, la probabilidad de que los circuitos neuronales y la conducta se activen ante un estímulo. Por eso, prefiere decir que “no se cura” para evitar que el paciente baje la guardia 

        Esta actitud es limitante porque ignora la neuroplasticidad profunda y factores como el cambio de entorno, el propósito de vida o la conexión humana, que han demostrado que muchas personas dejan de ser adictas y transforman su identidad por completo, dejando de vivir en un estado de “lucha constante”. 

        Esta actitud de negación se agrava por un entorno socioeconómico que se beneficia de la dependencia. La cultura consumista actual no solo fomenta el fenómeno de las adicciones, sino que fortalece un modelo de tratamiento que prefiere al “paciente crónico” sobre el “individuo sano”. 

        Como conclusión, el fenómeno de las adicciones es una enfermedad progresiva y destructiva que amenaza gravemente nuestro buen desempeño como individuos y como sociedad y al tomar una actitud de negación en sus distintas formas no sólo no contribuimos en su solución, sino que garantizamos su prevalencia. 

        Hay señales que demuestran la estrecha relación entre los fenómenos de las adicciones y el fenómeno de su negación social, lo que convierte al primero en un problema de todos, no solo de un sector, y al segundo en un desafío al que todos debemos enfrentar. 

        Un desafío que pudiese tener como punto de inicio el identificar la relación intrínseca entre el fortalecimiento del modelo consumista actual y la invisibilización de las pruebas que demuestran soluciones definitivas, y que al final puede resumirse en evitar “etiquetar” al fenómeno de las adicciones así como a los individuos y familias que lo sufren. 

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